Una intriga de memoria y obsesión que trasciende el tiempo
En la grisácea Barcelona de los años sesenta, un escritor frágil y plagado de inseguridades recibe un misterioso dispositivo llamado “borrador automático”, capaz de eliminar cualquier recuerdo doloroso con la precisión de un bisturí. Lo... Una intriga de memoria y obsesión que trasciende el tiempo
En la grisácea Barcelona de los años sesenta, un escritor frágil y plagado de inseguridades recibe un misterioso dispositivo llamado “borrador automático”, capaz de eliminar cualquier recuerdo doloroso con la precisión de un bisturí. Lo que comienza como una solución a sus pesadillas creativas pronto se transforma en una espiral de manipulación psicológica, donde la línea entre la realidad y la invención se difumina. A medida que el protagonista se sumerge en un laberinto de borrados y reescrituras, descubre que cada recuerdo eliminado deja tras de sí una sombra que cobra vida, amenazando con desmoronar no solo su obra, sino también su propia identidad.
El conflicto interno y la lucha contra la autodestrucción
El guion despliega una batalla interna entre la necesidad de olvidar los traumas del pasado y el temor a perder la esencia que alimenta la creatividad. Los personajes secundarios, desde la enigmática editora que sospecha del dispositivo hasta el viejo amigo del protagonista, actúan como espejos que reflejan distintas facetas del miedo a la vulnerabilidad. Cada escena está cargada de símbolos visuales —relojes que se detienen, páginas en blanco que se rellenan de forma imposible— que ilustran la fragilidad del ser humano frente a la tentación de una memoria manipulable. La tensión se intensifica cuando el borrador revela su capacidad para alterar no solo recuerdos personales, sino también hechos históricos, poniendo en jaque la percepción colectiva de la verdad.
Desenlace inesperado y reflexión sobre la naturaleza del recuerdo
En el clímax, el protagonista se enfrenta a la decisión final: usar el borrador una última vez para eliminar el dolor más profundo o aceptar la carga de sus cicatrices como motor de su arte. La resolución, a la vez poética y perturbadora, muestra cómo el intento de borrar lo irremediable conduce a una nueva forma de creación, donde los vacíos se convierten en lienzos para la imaginación. La película cierra con una escena contemplativa que invita al espectador a cuestionar su propia relación con el pasado, dejando una huella indeleble que persiste mucho después de que los créditos terminan.